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Enero 07, 2020 10:29 hrs.

Lic. Oscar Gordiano Vite Vargas › iconos

Política Nacional › México Hidalgo


"Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo" Voltaire.

Hace algunos días se suscitó una polémica en los medios y en las redes sociales, ya que un comediante mexicano motejado "El Costeño", se mofó del Presidente de México en un espectáculo en la feria de Aguascalientes en abril de 2019, diciendo entre otras cosas lo siguiente: ’Andrés Manuel es como el pito, se para a las 6 de la mañana a lo puro pendejo’ y "es un absurdo que en México hayan visto un pinche lago donde no lo hay y un puto cerro donde sí hay".

Independientemente de que esto se trata de un hecho consumado hace ya varios meses, el que por alguna razón se haya puesto recientemente en el debate público nos lleva a reflexionar sobre la figura de la investidura presidencial en la incipiente democracia mexicana.

Se debe recordar que el presidencialismo como forma de gobierno legítima, en México adoptó características y deformidades únicas, en donde el Presidente concentró un poder mayúsculo con respecto a los demás poderes, o por lo menos así fue durante los regímenes del PRI y del PAN, concediéndole el beneficio de la duda al actual gobierno de Andrés Manuel López Obrador. La figura presidencial durante todo el siglo pasado y principios del presente fungió como factótum, en parte por la herencia caudillista que marcó la historia de toda América Latina, y en el caso particular de México, admitió peculiaridades como la censura sistemática y el cuidado a cualquier costo de la imagen presidencial y la investidura. Por situarnos en un punto de la historia, referiremos el régimen de Gustavo Díaz Ordaz, en el que el Diario de México, por un error tipográfico (o al menos así fue conocido) publicó dos fotografías, una con un retrato del Presidente de la República y otra de dos simios, pero los pies de foto fueron cambiados, apareciendo bajo la fotografía del presidente lo siguiente: ’Se enriquece el zoológico...’. Aun cuando aparentemente no había la intención de este diario de hacer escarnio del Presidente, involuntariamente lo logró, lo que motivó que el diario fuera cerrado tiempo después al parecer por órdenes del Presidente. Tal vez este hecho motivó a Rius para que en el movimiento estudiantil de 1968 dibujara la muy difundida imagen de Díaz Ordaz con un simio con casco militar superpuesto, lo cual le costó al caricaturista el secuestro por parte de agentes de la infame Dirección Federal de Seguridad hoy extinta. Y precisamente hablando de moneros, ha sido ejemplar el trabajo de caricaturistas tan reconocidos como el mismo Rius, El Fisgón, Helguera y tantos otros que han ejercido una crítica muy eficaz para denunciar desde el plano humorístico los abusos del PRI y del PAN como gobiernos federales en su momento, sin causar por ello daño alguno a la investidura presidencial, sino precisamente lo contrario, lograron dignificarla y denunciar a quienes actuaron indebidamente al amparo de esta.

La investidura presidencial que ostenta el titular del Poder Ejecutivo en turno le es conferida por el ordenamiento legal y los órganos facultados para ello, autorizándolo para actuar como mandatario. Esto significa que la figura de Presidente Constitucional así como sus determinaciones deben ser respetadas por representar una parte fundamental de la voluntad ciudadana. No obstante, como se ha referido, esta investidura ha sufrido distorsiones a lo largo de la historia nacional, convirtiéndose en muchos sexenios en instrumento de impunidad, poder absoluto, voluntarismo y represión; es decir, el primero en vulnerar la investidura presidencial ha sido con frecuencia el mismo que la detenta, lo cual si era preocupante.

En el contexto político actual, el poder de la investidura presidencial dimana de la legitimidad del gobernante y sobre todo de sus actos de gobierno, sin menoscabo del fundamento legal para el efecto. Se ha superado la etapa apoteótica en la que el presidente era intocable, muestra de ello son las constantes críticas, supresión de fueros y procesos judiciales en contra de gobernantes, que bien encausados son muestra de civilidad democrática, lo cual no quiere decir que no haya factores externos que pretendan menoscabar indebidamente la imagen presidencial y con ello logren dañar la investidura con fines partidistas o políticos.

En este sentido, al valorar el daño que pudo causar la burla de ’El Costeño’ a la investidura presidencial, se debe considerar que en el folklore nacional se recupera la sátira, la burla, la guasa y el albur como parte esencial de la forma de ser del mexicano. Esto lo comprenden los mismos políticos, o al menos algunos de ellos. Ejemplo de esto es que durante la campaña presidencial del año 2000, los candidatos acudieron a un programa de televisión con un formato relajado y con doble sentido, en un intento por llegar a ese sector de la cultura popular que consideraron los hacía más cercanos a la ciudadanía promedio. Una anécdota muy pintoresca de la especie es la visita al barrio bravo de Tepito de Mikel Arriola, candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad de México en 2018, en donde ingenuamente se animó a ayudar a vender mamelucos en el puesto de nada más y nada menos que de Lourdes Ruiz, la llamada reina del albur. Vociferaba el candidato: "se venden mamelucos", y los circunstantes se reían y le respondían en doble sentido. En tal virtud, el espectáculo de "El Costeño" en el que se burló del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, desde nuestra óptica no representa una afrenta a la investidura presidencial, toda vez que se inscribe en la categoría humorística antes descrita y que es a lo que se dedica el personaje, además de que es parte de la libertad de expresión, de la cultura mexicana y del avance democrático del sistema político nacional. La investidura presidencial queda incólume, o mejor aún, fortalecida, ya que estas expresiones son permitidas por el Presidente sin que exista una represalia como en tiempos pretéritos, tolerancia deseada de un presidente comprometido con la democracia. Ahora bien, si el comediante multicitado hizo de su espectáculo un posicionamiento político genuino, si le pagaron por hacerlo, si no lo hacía con otros presidentes o si solo fue parte de su creatividad humorística, son cuestiones que los seguidores del personaje tendrán que valorar, pero las ocurrencias del actor en el contexto de la feria de San Marcos en contra del Presidente resultan irrelevantes en términos generales para la salud de la imagen presidencial y la investidura que ostenta, así como para quienes gustan de otro género de espectáculos y que no le dan mayor crédito humorístico y menos político al personaje en cuestión. Por sobre los gustos y preferencias de un humor más o menos fino o de filiaciones y fobias partidistas, se encuentra el derecho de todos a pensar y expresarse libremente, por lo cual es deseable que "El Costeño" y cuantos más quieran sigan expresándose a favor o en contra del gobierno o sobre cualquier tema, y también es deseable que el ciudadano se acostumbre a aceptar la diversidad de opiniones y de expresiones.

ES CUANTO.

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