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Diciembre 05, 2019 12:15 hrs.

Lic. Oscar Gordiano Vite Vargas › iconos

Seguridad Nacional › México Hidalgo


La ola de protestas feministas en todo el mundo en los últimos días, ha puesto nuevamente en la palestra a la mujer. El feminismo, entendido como la lucha por la reivindicación de los derechos de la mujer, es un movimiento legítimo y necesario si se quiere transitar hacia una sociedad más justa y equitativa, y por ende más digna; razón por la que es fundamental atender el fenómeno en todas sus dimensiones.

En pleno siglo XXI, en un mundo globalizado, con desarrollos tan notables en el descubrimiento del genoma humano, en la exploración del espacio exterior o en el estudio del origen del universo y de la vida misma; parece anacrónico y hasta vergonzante seguir debatiendo el tema del respeto a los derechos de la mujer, algo que hace siglos debió resolverse. No obstante, el anacronismo es tan real como las afirmaciones de que las relaciones humanas son relaciones de poder y que históricamente la mujer ha padecido el machismo.

En las civilizaciones de la antigüedad, como la romana, la mujer estaba bajo la potestad del pater familias, quien decidía todo por ella hasta que contraía matrimonio y ahora quedaba bajo la potestad del marido. La esfera pública era un campo vedado para la mujer en esta civilización. Posteriormente, durante la edad media, en armonía con el pasaje bíblico de la creación de la mujer a partir de la costilla de Adán y para solaz de este, el papel de la mujer en el ámbito privado se circunscribió a la procreación y a complementar la vida del hombre, aunque en la vida pública hay un cuasi empoderamiento al otorgarles a las mujeres de la realeza títulos nobiliarios con los que se hicieron más visibles, no obstante que gran cantidad de estos títulos derivaron de alianzas entre reinos con matrimonios pactados con la mujer como objeto de cambio. Similar situación vivían las mujeres en el mundo islámico. Las excepciones en estos periodos de la historia no faltaron, pero no es sino hasta la época contemporánea, en el marco de la revolución francesa, que la mujer exige que se le reconozcan sus derechos. Olympe de Gouges realizó una muy acertada crítica a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, porque no puede haber un posicionamiento serio en favor de la humanidad y sus derechos si se excluye a las mujeres. Es en este momento cuando surge la primera de tres olas del feminismo, olas que a lo largo de los siglos posteriores darían cauce al movimiento sufragista femenino, logrando con éxito aunque tardíamente y de manera forzada el reconocimiento del derecho al voto de la mujer como instrumento político de su voluntad ciudadana, la liberación sexual y la inclusión incipiente en los cargos políticos y públicos. La cuarta ola feminista que está en curso, y es el contexto de las múltiples manifestaciones que se replican en todo el mundo en las últimas semanas, marcadas por un activismo en el espacio público y el virtual, al amparo de un sentimiento sui géneris de solidaridad que se denomina sororidad. Es interesante el contenido simbólico en estas manifestaciones, condenando la violencia hacia la mujer, la criminalización del aborto entre otros aspectos, denunciando la sociedad patriarcal que aún prevalece mediante micromachismos sutiles o flagrantes imposiciones del género masculino.

La lucha feminista no debe ser vista como un fenómeno aislado y exclusivo de las mujeres, sino como un asunto de la mayor importancia para el conjunto de la sociedad, no solo por sus implicaciones en todos los ámbitos, sino por elemental sentido humanista, y mas allá de los aspectos criticables de los medios y formas de protesta del feminismo, está el problema de la violencia, la discriminación y el machismo que padecen las mujeres. Desde el panóptico del iusnaturalismo, la mujer es titular de sus derechos no por una concesión hecha por los hombres o las instituciones, sino por su naturaleza misma, por el simple hecho de existir. En este sentido, nadie puede quitarles o restringirles sus derechos, lo cual como es sabido ha quedado solamente establecido como un deber ser. La igualdad ante la ley entre el hombre y la mujer es un derecho humano reconocido por la mayoría de las legislaciones del mundo, incorporado en las diversas leyes que regulan la vida de los individuos, sin embargo, las disposiciones normativas no han sido suficientes para hacer realidad la igualdad enunciada en los textos jurídicos. Los derechos políticos y económicos de las mujeres, como en muchos otros, sufren un severo desfase en contraste con los del hombre, siendo muy baja la participación de la mujer en cargos públicos y de elección popular y muy pobre en el ámbito empresarial y de negocios, con roles muy definidos en base a criterios machistas. La propiedad de capital es inferior en las mujeres, las actividades no remuneradas son mayoritariamente desempeñadas por mujeres, el salario de las mujeres es inferior al de los hombres, la dependencia económica es mayor en mujeres, hay una división sexual del trabajo... la lista podría seguir indefinidamente. Los placebos institucionales como las cuotas de género y la instauración de fechas emblemáticas como fin y no como medio, más que ayudar a superar el problema de exclusión de la mujer lo agravan.

Es previsible el avance del movimiento feminista y el logro de sus objetivos, a mediano o a largo plazo, pero paulatinamente se irán abriendo los espacios para la inclusión de la mujer y el reconocimiento pleno y efectivo de sus derechos, aun cuando actualmente existen muchas fuerzas retrógradas que pretenden sin razón y sin derecho limitar este avance que, cuanto mas rápido se de, menos costos sociales, económicos y políticos tendrá.

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